Son las 11 de la mañana en un jueves cualquiera y una larga cola se extiende alrededor de la cuadra 20 de la avenida Salaverry en el distrito de Jesús María, una cola en donde se mezclan niños y personas mayores, mujeres y hombres con necesidades parecidas y un objetivo en común, participar en “Trampolín Latino”, un programa regalón y divertido, según su animador Carlos Álvarez. Esta fila de seres que aspiran ganarse “alguito”, no parecen caracterizarse esencialmente por su limpieza y pulcritud, y aunque ésta solo fuera una mera suposición, lamentablemente fue confirmada de manera rotunda y categórica después de una breve e involuntaria verificación aromática
Aunque mi intención nunca fue la de realizar un control de calidad sobre el tipo de perfume que utilizaban estas personas, infortunadamente tenía que lidiar con este y otros inconvenientes a lo largo de mi incursión matutina por las adyacencias del canal 2.
Al caminar hacia el final de la fila me encontré no sólo con la mirada desconfiada y los gestos fastidiados de más de un individuo, si no que también tuve que interactuar con cuanto vendedor de comida se cruzaba en mi camino.
Las ofertas eran nada despreciables en materia de precios, no así el aspecto de sus productos, visiblemente nocivos para un estómago como el mío, que sin llegar a ser exquisito, cumple con los requisitos necesarios para calificarse como uno estándar.
Así llegué al final de la cola y me aposté sobre la pared, delante mío había una joven y su madre, una mujer bastante mayor, reclamando porque alguien se había “zampado” adelante, y digamos que la solicitud que hacían llegar al ocasional “colado” no era la más cordial y diplomática.
El tiempo pasaba de manera lenta, el calor parecía consumirnos a todos, algunas personas pasaban el tiempo entre la tertulia y la lectura de periódicos. Mientras tanto, yo pensaba que si seguía parado sin hablar con alguien, la gente podría suponer que no estaba ahí especialmente para ver el programa en vivo y en directo, así fue que decidí empezar una plática con la chica que tenía delante mió, le pregunte si le gustaría participar en algún juego y quien sabe ganarse un premio. Su respuesta fue sólida y contundente, “no, he venido a broncearme con el sol”. Hasta después de su interlocución no había comprendido lo estúpido de mi pregunta. Esta gente haría cualquier cosa por ganarse aunque sea una bolsa de “sibarita”.
Después de mi extensa conversación con la joven Silvia, opté por comprar un periódico y ocupar mi espera en alguna actividad menos vergonzosa que la charla anterior, sin embargo, un escándalo llamó mi atención, era un personaje de la producción del programa que elegía a las personas que concursarían en los juegos, las señoras pugnaban por ser ellas las eventuales estrellas de este evento televisivo. Todos querían participar, cada uno de ellos tenía un problema peor que el otro, todos esperaban estar cerca de Álvarez y contarle sus penurias, esperando que éste les ayude con “alguito”, todo era bien recibido, dinero o algo que luego se pueda vender para paliar de alguna manera la desventurada existencia que les tocaba vivir y que estoy seguro no eligieron.
Quedé distraído mientras observaba las quejas de unos individuos que se encontraban atrás de la cola y que exigían participar también en los concursos, hasta que ese pequeño hombrecito que seleccionaba a los participantes quedó frente a mí y me dijo, “tú, tú bailarás con esta señora”. Nunca imaginé encontrarme en esa infortunada situación, la fémina a la que hacia mención era una dama de dimensiones escalofriantes, poseedora de una abundante masa corporal, quise opinar sobre mi arbitrario designio, pero este infeliz sujeto no espero mi respuesta y siguió con su recorrido. Entre tanto, la voluptuosa mujer me empezó a proponer ansiosamente algunos trucos con los que era casi un hecho ganar los 100 soles que estregaban a la pareja ganadora.
Mi cerebro comenzó a trabajar a mil revoluciones por minuto, como diablos saldría de este complicado incidente, ¿qué haría?, tendría que sacrificar la razón por la que vine, si me iba ya no podría observar el desarrollo del programa desde el set de televisión, y si me quedaba pasaría la vergüenza de mi vida, porque nunca falta el amigo de tu amigo que ve estos programas y el comentario se expandiría como pólvora regada. Tomé una decisión acertada, “Ya regreso voy a llamar a mi casa para avisar que saldré en la televisión”, me excusé. Media hora después estaba observando el programa y pensé que podría hacer con 50 soles, el premio del concurso, al no encontrar respuesta sólo atiné a cambiar de canal.
Aunque mi intención nunca fue la de realizar un control de calidad sobre el tipo de perfume que utilizaban estas personas, infortunadamente tenía que lidiar con este y otros inconvenientes a lo largo de mi incursión matutina por las adyacencias del canal 2.
Al caminar hacia el final de la fila me encontré no sólo con la mirada desconfiada y los gestos fastidiados de más de un individuo, si no que también tuve que interactuar con cuanto vendedor de comida se cruzaba en mi camino.
Las ofertas eran nada despreciables en materia de precios, no así el aspecto de sus productos, visiblemente nocivos para un estómago como el mío, que sin llegar a ser exquisito, cumple con los requisitos necesarios para calificarse como uno estándar.
Así llegué al final de la cola y me aposté sobre la pared, delante mío había una joven y su madre, una mujer bastante mayor, reclamando porque alguien se había “zampado” adelante, y digamos que la solicitud que hacían llegar al ocasional “colado” no era la más cordial y diplomática.
El tiempo pasaba de manera lenta, el calor parecía consumirnos a todos, algunas personas pasaban el tiempo entre la tertulia y la lectura de periódicos. Mientras tanto, yo pensaba que si seguía parado sin hablar con alguien, la gente podría suponer que no estaba ahí especialmente para ver el programa en vivo y en directo, así fue que decidí empezar una plática con la chica que tenía delante mió, le pregunte si le gustaría participar en algún juego y quien sabe ganarse un premio. Su respuesta fue sólida y contundente, “no, he venido a broncearme con el sol”. Hasta después de su interlocución no había comprendido lo estúpido de mi pregunta. Esta gente haría cualquier cosa por ganarse aunque sea una bolsa de “sibarita”.
Después de mi extensa conversación con la joven Silvia, opté por comprar un periódico y ocupar mi espera en alguna actividad menos vergonzosa que la charla anterior, sin embargo, un escándalo llamó mi atención, era un personaje de la producción del programa que elegía a las personas que concursarían en los juegos, las señoras pugnaban por ser ellas las eventuales estrellas de este evento televisivo. Todos querían participar, cada uno de ellos tenía un problema peor que el otro, todos esperaban estar cerca de Álvarez y contarle sus penurias, esperando que éste les ayude con “alguito”, todo era bien recibido, dinero o algo que luego se pueda vender para paliar de alguna manera la desventurada existencia que les tocaba vivir y que estoy seguro no eligieron.
Quedé distraído mientras observaba las quejas de unos individuos que se encontraban atrás de la cola y que exigían participar también en los concursos, hasta que ese pequeño hombrecito que seleccionaba a los participantes quedó frente a mí y me dijo, “tú, tú bailarás con esta señora”. Nunca imaginé encontrarme en esa infortunada situación, la fémina a la que hacia mención era una dama de dimensiones escalofriantes, poseedora de una abundante masa corporal, quise opinar sobre mi arbitrario designio, pero este infeliz sujeto no espero mi respuesta y siguió con su recorrido. Entre tanto, la voluptuosa mujer me empezó a proponer ansiosamente algunos trucos con los que era casi un hecho ganar los 100 soles que estregaban a la pareja ganadora.
Mi cerebro comenzó a trabajar a mil revoluciones por minuto, como diablos saldría de este complicado incidente, ¿qué haría?, tendría que sacrificar la razón por la que vine, si me iba ya no podría observar el desarrollo del programa desde el set de televisión, y si me quedaba pasaría la vergüenza de mi vida, porque nunca falta el amigo de tu amigo que ve estos programas y el comentario se expandiría como pólvora regada. Tomé una decisión acertada, “Ya regreso voy a llamar a mi casa para avisar que saldré en la televisión”, me excusé. Media hora después estaba observando el programa y pensé que podría hacer con 50 soles, el premio del concurso, al no encontrar respuesta sólo atiné a cambiar de canal.

1 comentario:
¡jajaja! ¡Que buena!, así que con una señora de dimensiones gigantes???, te pasas brother.
Que tal? una amiga me pasó tu blog, esta muy bueno, sobre todo ese del puber cinéfilo, jejeje!!! buena historia.
saludos Carlos
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