jueves, 17 de abril de 2008

Casi famoso

Son las 11 de la mañana en un jueves cualquiera y una larga cola se extiende alrededor de la cuadra 20 de la avenida Salaverry en el distrito de Jesús María, una cola en donde se mezclan niños y personas mayores, mujeres y hombres con necesidades parecidas y un objetivo en común, participar en “Trampolín Latino”, un programa regalón y divertido, según su animador Carlos Álvarez. Esta fila de seres que aspiran ganarse “alguito”, no parecen caracterizarse esencialmente por su limpieza y pulcritud, y aunque ésta solo fuera una mera suposición, lamentablemente fue confirmada de manera rotunda y categórica después de una breve e involuntaria verificación aromática

Aunque mi intención nunca fue la de realizar un control de calidad sobre el tipo de perfume que utilizaban estas personas, infortunadamente tenía que lidiar con este y otros inconvenientes a lo largo de mi incursión matutina por las adyacencias del canal 2.
Al caminar hacia el final de la fila me encontré no sólo con la mirada desconfiada y los gestos fastidiados de más de un individuo, si no que también tuve que interactuar con cuanto vendedor de comida se cruzaba en mi camino.

Las ofertas eran nada despreciables en materia de precios, no así el aspecto de sus productos, visiblemente nocivos para un estómago como el mío, que sin llegar a ser exquisito, cumple con los requisitos necesarios para calificarse como uno estándar.
Así llegué al final de la cola y me aposté sobre la pared, delante mío había una joven y su madre, una mujer bastante mayor, reclamando porque alguien se había “zampado” adelante, y digamos que la solicitud que hacían llegar al ocasional “colado” no era la más cordial y diplomática.

El tiempo pasaba de manera lenta, el calor parecía consumirnos a todos, algunas personas pasaban el tiempo entre la tertulia y la lectura de periódicos. Mientras tanto, yo pensaba que si seguía parado sin hablar con alguien, la gente podría suponer que no estaba ahí especialmente para ver el programa en vivo y en directo, así fue que decidí empezar una plática con la chica que tenía delante mió, le pregunte si le gustaría participar en algún juego y quien sabe ganarse un premio. Su respuesta fue sólida y contundente, “no, he venido a broncearme con el sol”. Hasta después de su interlocución no había comprendido lo estúpido de mi pregunta. Esta gente haría cualquier cosa por ganarse aunque sea una bolsa de “sibarita”.


Después de mi extensa conversación con la joven Silvia, opté por comprar un periódico y ocupar mi espera en alguna actividad menos vergonzosa que la charla anterior, sin embargo, un escándalo llamó mi atención, era un personaje de la producción del programa que elegía a las personas que concursarían en los juegos, las señoras pugnaban por ser ellas las eventuales estrellas de este evento televisivo. Todos querían participar, cada uno de ellos tenía un problema peor que el otro, todos esperaban estar cerca de Álvarez y contarle sus penurias, esperando que éste les ayude con “alguito”, todo era bien recibido, dinero o algo que luego se pueda vender para paliar de alguna manera la desventurada existencia que les tocaba vivir y que estoy seguro no eligieron.



Quedé distraído mientras observaba las quejas de unos individuos que se encontraban atrás de la cola y que exigían participar también en los concursos, hasta que ese pequeño hombrecito que seleccionaba a los participantes quedó frente a mí y me dijo, “tú, tú bailarás con esta señora”. Nunca imaginé encontrarme en esa infortunada situación, la fémina a la que hacia mención era una dama de dimensiones escalofriantes, poseedora de una abundante masa corporal, quise opinar sobre mi arbitrario designio, pero este infeliz sujeto no espero mi respuesta y siguió con su recorrido. Entre tanto, la voluptuosa mujer me empezó a proponer ansiosamente algunos trucos con los que era casi un hecho ganar los 100 soles que estregaban a la pareja ganadora.

Mi cerebro comenzó a trabajar a mil revoluciones por minuto, como diablos saldría de este complicado incidente, ¿qué haría?, tendría que sacrificar la razón por la que vine, si me iba ya no podría observar el desarrollo del programa desde el set de televisión, y si me quedaba pasaría la vergüenza de mi vida, porque nunca falta el amigo de tu amigo que ve estos programas y el comentario se expandiría como pólvora regada. Tomé una decisión acertada, “Ya regreso voy a llamar a mi casa para avisar que saldré en la televisión”, me excusé. Media hora después estaba observando el programa y pensé que podría hacer con 50 soles, el premio del concurso, al no encontrar respuesta sólo atiné a cambiar de canal.

jueves, 10 de abril de 2008

Infieles sorpresas

Pocos pueden jactarse de hacer sido victimas de una infidelidad, de sentirse extasiado por las caricias dulces de una mujer, para luego pasar a ser humillado por ese vació tan lleno de llanto, que se siente al descubrir que existe al menos un ser más, aparte de ti que se ve agasajado por los favores infames de una traición.

En simple cristiano, ser un carnudo más. Recogí algunos testimonios y no he encontrado alguna persona que me diga con certeza como duele el amor, aunque muchas pueden dar fe que se sintieron tan estúpidas como me sentí yo.

La escena tristemente infiel para mí, aunque creo suponer sin realizar un exhaustivo análisis, no fue tan triste para estos ocasionales amantes, sucedió hace algunos años. En aquel entonces tenia 20 años y una enamorada de 26 años, pienso sin temor a equivocarme que nos llevábamos bastante bien en muchos aspectos, lamentablemente hay una aparte que no llego a comprender y es la razón de esta diatriba al engaño.

Sofía, la infiel, vivía sola y yo acostumbraba pasar los fines de semana en su casa, recuerdo que esa mañana no avisé que llegaría temprano, acababa de salir del trabajo y le compré flores y chocolates para sorprenderla. A ella le gustaban las sorpresas, aunque minutos después descubriría que el que se llevó la indigna sorpresa fui yo.

En la puerta de su edificio justo salía alguien, así que me escurrí por entre las personas. Mientras subía me imaginaba su rostro, la cara de felicidad que pondría y lo bien que pasaríamos el día. Llegué a la puerta de su apartamento, y para sorprenderla aún más, toqué la puerta y me escondí para que no me viera por el ojo de la puerta. La verdad es que demoraba mucho en abrir, pero al fin dejo ver su sombra por entre la luz que salía de las ventanas. Salté de repente y le dije ¡mi amor!. La note pálida, era un hecho que no me esperaba a esa hora, estaba con el cabello mojado, como si recién hubiera acabado de bañarse, me acercaba a saludarla cuando divise por entre los sillones una figura masculina, entré al apartamento con un frió en el cuerpo, presagiando lo peor, era un tipo de su trabajo recordaba haberlo visto antes en una reunión, aunque en esa oportunidad no tenía el cabello mojado como ahora, lo salude dándole la mano, y de frente penetre en su habitación si decir nada.

Examiné todo a mi alrededor, la cama destendida, un cenicero lleno de colillas de cigarros-y ella no fumaba-, una maletín con ropa de hombre, intervine el baño y encontré dos toallas mojadas, más que suficiente para darme cuenta de lo que había sucedido la noche anterior, sentía que la presión se me bajaba, que mis ojos querían explotar de lágrimas. Segundos después entró ella y me dijo que recién había llegado que no pensara mal, ¡claro le dije y su maletín esta en acá en tu cuarto! continué, espero te haga provecho,¡ah! te traje flores y chocolates, ojala te gusten. Salí caminando a paso tranquilo mientras ella me seguía para explícame lo que supuestamente había sucedido, me despedí del tipo, lo mire al rostro y apreté fuerte su mano, bajé las escaleras raudamente y sentía la voz de ella bajando y hablándome, yo no podía decir más palabras, una lágrima ya caía por mis mejillas, pero no voltee. Ya en la calle esperé salir de su campo visual, y corrí, corrí entre las calles, pensando en cada imagen que había visto, pensé cómo diablos no acabé con ese tipo, siempre fui un apersona agresiva en circunstancias que tengan que ver con chicas, más de una vez me había peleado con individuos que le faltaban el respeto a mis amigas, pero en aquella oportunidad me sentí morir, quería llegar a mi casa y refugiarme entre las almohadas de mi cama, y no salí de mi habitación en todo el día , apague mi celular y lloré.


Pocas veces no pensamos que un pérfido engaño, duele tanto en el corazón de un púber, como en los pulmones de una abuelita sesentona, en el hígado de una adolescente desquiciada igual que en la cabeza de un adulto suicida.

Un desamor no es un dolor exclusivo del corazón, es más cuando pude sentir, oler y ver aquella escena infiel, el corazón fue sólo un órgano más de mi sufrimiento, inclusive creo que es uno de mis miembros más ignorantes en esa materia, Sentí un malestar generalizado, cada centímetro de mi cuerpo desangraba, la verdad es que no sé si de amor, pero de que jodía, jodía.

Un puber cinéfilo

Hay ocasiones en que la imaginación no cubre todos los espacios y quizá uno de esos momentos aunque parezca paradójico es la pubertad, en tiempos en que la figura femenina pasaba de representar una simple silueta a convertirse en un ser de idolatría y fantasía sexual.

Mis primeras experiencias en el campo sexual, se remitían a simples programas nocturnos, en los cuales utilizaba toda mi audacia para poder verlos sin que nadie se percate, eran imágenes muy entrecortadas en las que ver un seno o unas piernas descubiertas…servia y de mucho para mí a la hora del ejercicio individual de satisfacción.

Pronto esos momentos de tensión con el control remoto en la mano terminaron, cuando junto a unos amigos nos agenciamos de una revista triple X; Carlos, hermano mayor de uno de mis amigos nos vendió esa publicación sucia y arrugada, adornada con manchas de dudosa procedencia, que nos advirtieron después que también habían inspirado noches de pasión en solitario de otros jóvenes, dicha revista se convirtió en ese entonces para nosotros en un tesoro bendito.

Pero mi relación con los cines pornográficos comenzó a fines del año 1998, cuando acabados de cumplir los 14 años, harto de ver a las mismas mujeres en esas revistas y de narrar junto con mis amigos los diálogos de memoria, nos lanzamos decididos en busca de un cine porno, basados en un rumor que recogí de los labios de un amigo mío, el cual hasta ahora sigue visitando estos lugares.

Fue un día sábado, el cual excedidos en hormonas, partimos con rumbo desconocido, a un lugar el cual nosotros llamamos tierra prometida, ni siquiera sabíamos si nos iban a dejar entrar, por ser además de menores, petizos, riesgo que no corría yo por ser el más alto de ellos; el cine “Lily” fue el elegido ubicado en la cuadra 6 de Jorge Chávez en Breña, que aparte de carteles anunciando su triple función continuada, tentaba a los transeúntes con nombres sugerentes a las películas proyectadas, títulos como “Lolita la camionera” y “las colegialas nunca lloran” se lucían en paneles bastante atrayentes, después de una larga y complicada negociación con el boletero, logramos entrar en aquel emporio sexual, en la meca de lo prohibido, y lo concreto fue que después de pagar 4 soles más de lo que costaba la entrada, penetramos nuestros cuerpos por el umbral esperado, y entramos en un mundo de paredes oscuras, y pisos resbaladizos, donde las butacas no parecían ser las más limpias, en el cual los aromas se mezclaban entre el sudor y el hedor, donde más de uno se dejó vencer por los placeres onanicos.

Pero no nos podíamos quejar estábamos donde queríamos, además no pensábamos quedarnos a vivir ahí, nos sentamos juntos y vimos ante nosotros, todas aquellas imágenes que nos habíamos imaginado, pero esta vez en tamaño familiar y a gran sonido, pero lo que causó el deleite de nuestros ojos, fue un grupo de bailarinas que se desvestían ante nosotros, ¡mujeres!- dijimos al mismo tiempo- y desnudas, pues si, quizá habíamos alcanzado nuestro clímax máximo, con esas figuras ante nosotros, que sin lugar a dudas ambientaron nuestra mentes con recuerdos que ampliaron nuestro bagaje sexual y seguramente nos convertirían en la envidia del colegio.

Después de aquella ocasión volvimos un par de veces más, pero parece que esa experiencia dejó marcada en nosotros la idea de los cines porno, diferentes motivos nos separaron de aquellas conversaciones que ahora se vuelven cómicas cuando nos juntamos después de algunos años, y añoramos con nostalgia aquellas caminatas de peregrinaje en pos de nuestra recompensa.