viernes, 29 de agosto de 2008

Empezó la mudanza

Estimados lectores:
El Blog “Manual del perfecto errante” se mudó, así lo decidió su dueño, o sea yo. Ahora formará parte de una estructura mucho más interesante, ahora es parte de Pasaporte Negro.


En este nuevo espacio escribiré los días lunes. Mientras que los demás días estarán destinados para otros temas, escritos por extraordinarios bloogers.

Haga clic aquí para visitar la remozada versión de Manual del perfecto errante

jueves, 5 de junio de 2008

La cebichera Bondadosa (II capítulo)

Como lo prometido es deuda, y yo acostumbro pagar las mías, hago llegar a sus ojos la segunda parte de mis experiencias dipsómanas.
Luego de ser la burla de mi familia por tan bochornoso espectáculo, decidí alejarme temporalmente de las botellas, pero afortunadamente para estas historias continué con los vasos.
Siempre estuve metido en borracheras, pero pocas me han hecho perder el conocimiento. Si algunas vez dije que chuparía hasta que me meen los perros, me arrepiento, nunca creí tener tamaña fuerza de voluntad, para que el postulando antes nombrado pueda cumplirse cual profecía de Nostradamus.

Alguna vez con un primo mío partimos con rumbo sur a una fiesta de fin de año. Perdón dije fiesta, bueno eso fue lo que me vendieron antes de subirme al auto que nos trasladaría hacia la poco conocida (en ese entonces) Playa de Asia.
Bebí mucha cerveza y en medio del camino sentía que ya estaba sudando cebada. Empezaba a arrepentirme de haber ido, pues en el trayecto escuchaba algunas versiones que antes había considerado extraoficiales y poco creíbles. Sin embargo, ahora en media carretera y encaramado en el viaje parecían derrumbar mis sueños de adolescente febril dispuesto a botar la casa por la ventana.

-¿Tu conoces a la flaca de tono? - Preguntaba mi primo sus amigos-
-No nada que ver, Alonso la conocía, era su amiga de primaria - Respondía uno de ellos y escucharlo no daba buenas luces sobre la noche que pasaríamos.
Ninguno de los 5 tipos presentes en el auto (incluido yo por supuesto), conocía a la susodicha y el tal Alonso, única persona que nos serviría verdaderamente aquella noche no estaba, nuestro pasaporte hacia la fiesta cayó enfermo dos días antes del gran tono, obra y gracia de una extrañísima hepatitis B, y que a la luz de los hechos que sucederían yo también hubiera querido que me contagie.
Sin entradas y sin el ahora popular Alonso, éramos unos perfectos desconocidos, tomen nota: uno don nadie acompañado de un forastero, un anónimo, un extraño y un incógnito. O sea como quien dice teníamos todas las de ganar o mejor dicho todas las de entrar.
Al fin llegamos, a la fiesta y ¿adivinen qué?. Sí, no nos dejaron entrar, había docenas de chicas y chicos y nadie nos reconoció, además por si fuera poco, ni siquiera sabíamos como demonios se llamaba la dueña de la casa.

Destruidos y abrumados, como canta José José, nos estacionamos a pocos metros del mar y nos pusimos a chupar, bebimos mucho, jodidos por lo sucedido. Pasamos las doce abrazándonos entre nosotros y casi al borde de las lágrimas, no por la alegría de estar juntos, si no más bien por la desdicha y la desazón de estar afuera y no adentro del antro de la diversión.

Sin embargo, nada podía ser tan malo, unas chicas que salieron de la fiesta pidieron fuego y de manera muy galante se los brindamos, eran 3 mujeres, al menos eso parecían (¿saben? La memoria me fallaba un poco), lo que si recuerdo bien es que las 3 damas allí presentes no eran unas bellezas pero al menos su compañía haría mucho más animada la conversación que protagonizábamos nosotros, 5 calzonzoncilos.
Durante la conversación, no se en que momento se jodió la noche (parafraseando Conversación en la Catedral), lo último que recuerdo es un vaso en mis manos y los rostros de la gente mirándome raro, es más ni siquiera recuerdo haber hablado huevadas antes de ‘morir’. Se me borró la cinta, se me perdió el casette, se agotó la batería, llámenle como quieran. Lo único que recuerdo son pasajes entre cortados de esa noche, como si fuera un dvd mal grabado. Mi rostro acostado en el carro, y luego unas palabras de mi primo que no llegaba a entender, y que parecían que eran dichas en cámara lenta.

Al despertarme, ya alumbrado por los rayos solares me encontré sudado y con un dolor terrible de cabeza. La bulla a mi alrededor avisaban que me localizaba bastante fuera de lugar, giré sobre los lados y me hallé tirado en medio de la arena a pocos metros del mar y de unos niños que jugaban a hacer un castillo de arena al costado mío. Unas señoras bastante gordas en traje de baño caminaban no muy lejos de mi presencia.
Me hallaba en un ambiente familiar, situado en medio un círculo imaginario, como si me tuvieran puesto en cuarentena, nadie quería acercarse a mí. Como dato significante debo decir que eran las 12 de medio día, y me encontraba con un jean mojado y sucio de arena, con una zapatilla puesta, y la otra casi a punto de llegar al mar. Me sentí como si fuera víctima de un naufragio o si recién me hubieran rescatado del agua. Aparte si tenía calor era por que llevaba puesta una casaca bastante abrigadora, y lo menos que podía pensar la gente viéndome en ese estado era: a) un vagabundo, b) un lamentable borracho, c) un completo infeliz al cual lo había dejado su primo en medio de la nada, con un sol en el bolsillo, ya que su maldita billetera estaba en el carro del susodicho.

La respuesta ganadora: la letra C. Pues si señores, mi primo no estaba por ningún lugar, y tampoco sus amigos. Y la única moneda que tenía, la invertí en llamarlo por teléfono, y lamentablemente me contestó una voz más borracha que la mía y las pocas palabras balbuseantes que pude oír no pude codificarlas al 100 %, pero me daban indicios más que suficientes que el maldito se encontraba muy lejos de donde yo estaba, en un hotel o en su carro acompañado por un chica. Triste colofón para mi real situación.
Deambulé por la arena, tenía una turra a cebada y lúpulo en estado de descomposición, y mi cepillo de dientes también se encontraba en el carro, y para terminar de graficar mi deplorable situación, me cagaba de hambre.
Me acerque a una vendedora de cebiche, y en mi mejor castellano, intenté contarle mi desgraciada existencia y pedirle que me prestara algunas monedas y que yo regresaría a devolvérselas, la vieja en cuestión, echó a reír y lejos de comprenderme me dijo que no le espantara a los clientes. Indignado a más no poder, me sentí sucumbir, quería tirar por la borda mi ser y en ese mismo instante morirme.

Me derrumbé sobre mis piernas y esperé a que mi primo se acordara de mí. Pasaron más de 3 horas y no aparecía ni la sombra de aquél fulano. En el ocaso de la tarde, la vendedora de cebiche se presentó sobre mi cuerpo, quizá escuchando los llamados de mi estomago, y me propuso prestarme 10 soles a cambio de mi reloj, un guess original, venido del mismo Estados Unidos, y no conforme con eso exigió mi casaca Billabong, bajo la condición de querer asegurase que volvería para pagarle.
En otra situación, no hubiera aceptado tal propuesta y hasta habría insultado tamaño trueque, pero para ser sincero en vista del catastrófico estado en que me encontraba, agradecía la bondad desmedida de aquella mujer con olor a algas y cebolla fresca, que seguramente quería quedarse con mis prendas, pero en mi cabeza desconcertada imaginaba yo, que lo que deseaba en realidad era ayudarme.
Para el caso era lo mismo, anhelaba largarme de ahí, y despotricar en contra de mi primo, mandarlo a la mierda, bañarme y sacarme la vergüenza vivida a punta de jabón. Me despedí agradecido con la consigna única de que volvería al día siguiente por mis pertenencias empeñadas.

Tomé mi combi, y me aposté cual loco en carro, en el último asiento del colectivo.
Nunca me sentí tan vagabundo, tan errático, tan harapiento, en fin con un aspecto tan pordiosero.
Cuando llegué a la casa de mi tía me cansé de putear y reputear a mi primo. Y sin más razones porque sufrir mojé mi cuerpo como quien se limpia de un ultraje, intentando lavar mi honra en aquella ducha, tomé especial atención a cada uno de mis movimientos y hundí mi cuerpo en cama desando olvidar todo y dejar que ese perfume a derrota se extinga con mi sueño.
Desperté al siguiente día dispuesto a recoger mis cosas, sin saber si encontraría a la mítica cebichera bondadosa.

Última entrega de las experiencias borrosas y ebrias en breve…

domingo, 1 de junio de 2008

Con la chapa en la mano (I capítulo)

Al escribir el post anterior, y encontrar una mediana explicación a mis peleas y su relación con el alcohol, no pude evitar recordar mis borracheras y las de mis amigos.
Es que cuando uno bebe, el mundo entero liba contigo. Y más aún tus ocasionales acompañantes, siendo indefectible la reciprocidad entre mis experiencias y las de mis camaradas.

Debo decir a manera de prólogo que el trago -cualquiera que éste fuera-, no es uno de mis deleites. Más bien soy un bebedor social, de esos huachafos que le encanta tomar en compañía de buenos amigos, un individuo que mientras conversa puede engullir cantidades abundantes de alcohol y cualquier derivado de éste. La cerveza, tiene la capacidad de ponerme alegre y dicharachero, conversador a más no poder y dormilón en el ocaso de la reunión.

Pero es necesario apuntar que no soy un borrachín de esquina, aunque mis partidos me he jugado, he bebido como el 90% de los peruanos (si no es más) en un parque, (¡¿quién esté libre de pecado que lance la primera chapita?!), pero con el pasar de los años he aprendido a frecuentar mejores lugares, o al menos ya no a la intemperie.

He libado toda clase de brebajes, y como dice un buen amigo mío, muchos de dudosa procedencia, con la fecha de vencimiento visiblemente adulterada con una, por demás escandalosa, tacha de lapicero.

Haciendo memoria, los alcoholes que degusté tenían nombre de los más raros e impensados, desde los más conocidos como Naranjito, extraña combinación de Crush en el mejor de los casos (o a veces suplantado vilmente por un sobre de Kanú) y un Pisco de nombre Agua ras. Justamente ésta infeliz mezcla, provocó mi primera borrachera.

A los 16 años, en uno de los populares e infaltables paseos colegiales a Chosica, mis amigos y yo decidimos con muchos días de anticipación, prepararnos para aquella fecha, que según nosotros sería el de nuestra inauguración por las sendas del alcohol y vaya que lo fue. 3 botellas de 800 ml. de Agua Ras, que tenía una etiqueta que recordándola ahora, me daría serias que dudas antes de beberlo, una calavera pirata y un tipo en el suelo daban forma a este dibujo artesanal que avizoraba una muerte lenta y biliosa en nuestros jóvenes estómagos.

Nos instalamos en la parte más alta del club, cerca de un cerro, y Las 2 primeras botellas, aparte de achicharrarnos la garganta provocaron que 3 de mis compañeros cayeran estrepitosamente sobre el pasto, otro de ellos no corrió la misma suerte y cual bola de nieve rodó por entre los campos de voley y los kioscos de comida, reconozco que fue difícil alcanzarlo, y salvo algunos golpes no hubo nada de que lamentarse, bueno quizá si: la vergüenza publica y la burla que hasta ahora cae sobre él.

Como sabrán, después de una borrachera en donde uno se siente atiborrado de licor, algo tiene que salir, y producto de los movimientos ondulantes del autobús, sientes que se te sacude el piso o que te jalan la alfombra, y algún animal tiene que salir, ya sea el buitre o el gato. Señores y así fue, evacue tallarines y arroz con pollo sazonados con naranja, merced al buen corazón de mi madre que decidió mandarme una sustanciosa ración arroz con pollo y al ofrecimiento de un amigo, que me hizo degustar unos tallarines rojos muy bien preparados.
Los residuos que fueron desperdigados por la carretera central, y Dios mediante espero no hayan caído en el carro de algún chofer mal afortunado.

Hubo una segunda gran borrachera. Cumpleaños número 18 del autor del presente blog, el ingreso a la sociedad, la presentación hacia la vida de un adolescente que dejó de ser para convertirse en un reciente y estrenado adulto. Y no hubo mejor idea que la de un grupo de amigos: hacerme una fiesta sorpresa, chicos y chicas danzaríamos entre la música estridente. Comí de todo y lo peor fue que bebí de todo, antes ya había filtrado por mi estomago un vino impresentable de nombre Moscato, S/. 3.50, una ganga para aquel entonces y que además era bastante sabroso (sólo en primer trago), después mutaba en un frasco de 100% alcohol metílico(de ésos que se utilizan en los hospitales para desinfectar los instrumentos).

Dicho sea de paso, éste licor de color naranjoso, tenía una peculiaridad, poseía un macerado que lo convertía en una burda imitación del popular “Tres pasitas”, pues sólo tenía una seudo pasa, digo seudo por que resultaba inverosímil creer que una pasa pudiera tener patitas y antenas, aquel objeto o animal que feneció producto de ese brebaje, flotaba de espaldas al piso, y digamos que no tenía un rostro muy feliz, anticipando y advirtiendo un final similar para nosotros, luego de dos o tres tanganasos de este trago.

Volviendo al tema de esta borrachera, libé el ya mencionado Moscato, y unos líquidos que pretendían dar confianza con sus nombres televisivos: Thundercats, y Dragon Ball (ambos tragos cortos que venían ya combinados). La cuestión es que llegué a mi fiesta sorpresa más que ebrio, pero de pie, aun no me arrastraba por los pisos, y luego de intentar bailar un vals al estilo del meneito, los asistentes supieron que aquel esperpento que hacia el ridículo frente a ellos, en medio de la sala, no era precisamente mi mejor versión.

Me dormí, me puse de pie, resbalé dos veces por las escaleras, es decir un tonazo, cualquier quinceañera, hubiera querido tener una fiesta como la mía. Asomaban las 4 de la mañana y la reunión ya estaba entrando a la recta final y para terminar de festejar decidí estrenar mi mayoría de edad ingresando a una discoteca acompañado de uno de mis mejores amigos, que después de aquella noche, dejó de serlo en de alguna manera.

Para no herir susceptibilidades, solo diré la inicial de mi fiel compañero. R, era un súper amigo, de esos que nunca te dejan y te hacen cagar de risa. Con él teníamos el sueño de ser cantantes y famosos, inclusive planeamos tener una banda de rock que nunca llegó a tocar, gracias a Dios, las circunstancias nos hicieron declinar de aquella alocada idea, que supongo nos hubiera traído más de una vergüenza.

Ya en la discoteca, intentamos flirtear a cuanta mujer se nos cruzaba en el camino, lamentablemente nadie no hizo caso. R, cansado de lanzarle piropos a cuanta chicoca pasease frente a él, fue a buscar una jarra más de cerveza. Yo mientras, trataba de observar algo en mi ya borrosa cabeza, el aire me había chocado, y las luces parpadeantes dificultaban mi irracional visión.

15 minutos después de la partida de R, tomé conciencia de lo mucho que se estaba demorando. Y decidí ir a buscarlo, y como dice Ribeyro el primer lugar donde ir a buscar a una persona que desaparece en un bar, es el baño y mientras lo hacia pude escuchar como algunas chicas gritaban y un guardia se seguridad sacaba cargado al pobre R, sus pies flotaban en el aire, y era desaforado de manera brusca y poco digna de aquel local.
No entendí para que le serviría un abogado en ese momento, pero mi amigo hacia alcanzar esta demanda de manera reiterada. Llegué hasta la puerta y después de lo ocurrido lo único que nos quedaba era retirarnos a dormir, y como R vivía muy lejos, era necesario que durmiera en mi casa, no sin antes pasar por una licorería y comprar algo que lo que siempre me arrepentiré: dos botellas de Punto G. Si, ríanse y digan que asco, lo sé y soy conciente que pueden dejar de leer este blog después de la confesión hecha, pero no puedo faltar a la verdad.

Terminamos la primera botella entre las confesiones del mejor amigo que te abraza y te habla al oído, diciéndote que nunca encontrará a un pata mejor tu. Todo dentro de lo normal, pero hubo algo que me desconcertó, y me hizo sentir que algo se rompía.
Léase de manera textual: “Oe, ta’ que eres mi brother, nunca habrá alguien como tú, hemos pasado tantas cosas ¡te quiero dar un beso!, ¡dame un beso huevón, eres mi hermano!”.Esas palabras me sacaron temporalmente de mi borrachera y me hicieron mirarlo de manera diferente, sentí miedo de estar al lado de un homosexual en potencia, de haber convivido tantos años con alguien que disimulaba sus intenciones para con mi persona.

Esa confesión dio por terminada esa noche y después de dejarle una almohada y una frazada, volví a mi habitación no sin antes ir al baño a desintoxicarme. Penetré en el cuarto oscuro, abrí la puerta y vomité. Busqué la llave del caño y no la hallé. Traté de prender la luz, y me encontré con el ropero de mi hermana. Señores había devuelto todo mis intestinos sobre los zapatos y blusas de mi hermana. Demás está decir que la cagé, felizmente esto lo digo en sentido figurado.

Mi hermana jodida y molesta, me hizo pagar cada una sus prendas malagrodas y a partir de ese momento sé muy bien donde queda el baño, al menos el de mi casa.

La segunda parte, de estas historias borrachosas en una próxima entrega…

martes, 13 de mayo de 2008

Martín Fighting

Las peleas pueden ser generalmente el triste corolario para un día nefasto y en otras ocasiones el siguiente paso a la inmortalidad. Para aquellos expertos en las artes marciales, de la pelea callejera y del “te saco tu mierda”, el deleite de un enfrentamiento es un tarea no tan difícil, digamos que vendría a ser la demostración de sus habilidades, y si pudiéramos hacer una analogía sería el examen de admisión de un estudiante preuniversitario.
Sin embargo, en mis experiencias personales, la pelea, la reyerta, la riña, el altercado, la disputa o como quieran llamarlo, ha significado más bien, experiencias poco favorables, pues aunque haya salido vencedor en muchas de ellas, las consecuencias no fueron generalmente las que yo esperaba.

Debo reconocer que no soy un Jean Claude Van Damme, que no tengo el “jap” de izquierda de Muhammad Ali, y que mi golpe largo no se parece en mucho al de Mike Tyson. Soy más bien un luchador desordenado, sin una técnica depurada, que en los momentos de los intercambios boxístico no es de pensar que golpe dolerá más, y por el contrario intenta adivinar con cual acabar más rápido.

Soy de esos que detrás de la manifestación del hombre valiente, se esconde el tipo baboso que no sabe por que demonios se está peleando, un kamikaze en potencia a sólo instantes de quedar en el mejor de los casos, damnificado. Un ser calzonudo con ínfulas de héroe que puede llegar a su grado de ebullición en tan sólo unos segundos, por una estúpida provocación.
En muchas ocasiones he dado cátedra del buenos movimientos y golpes bastante estilizados, aunque seguramente mis eventuales contrincantes no hayan sido siempre intrépidos luchadores; y como todo no es dicha ni sonrisas, y en una pelea menos, he tenido encuentros pésimos, en donde mi futuro resultaba incierto, en donde más de una vez se me cruzo por la mente hacerme el “muertito” para salvar el momento y no salir humillado de aquel altercado.

He tenido al menos una docena de contiendas, pero sólo tres son en verdad dignas de narrar,(no crean que se pierden de mucho). Mi primera “mecha” data del año 1997, estudiaba en un colegio de varones y las circunstancias me hicieron llegar a los insultos con uno de mis compañeros. El canallesco motivo que enervó mi ser fue la actitud altanera y prepotente de coger mi libro de ciencias naturales sin mi permiso, tal acto no hizo más que generar en mi un intenso sentimiento de indignación. Incrusté dos golpes de derecha en el pómulo de mi rival y esto inició una lucha que no se alargaría por mucho tiempo. El tipejo este, acertó con un sólo golpe en el brackets de mi canino superior izquierdo, rompiéndome el labio superior, provocándome un sangrado profundo y una herida que hasta hoy trato de disimular en mi carnosa “bemba”.

Como es natural, el encuentro se dio por concluido de manera unilateral y tuve que ser auxiliado por la enfermera del colegio, resultado: dos días suspendido, tres puntos en la boca y una reprimenda por parte de mi madre que hasta hoy resuena en mis oídos.
El segundo enfrentamiento, este de antología, sirvió para darme la única gran alegría en los combates de “puño y patada”.En el año 2001, después de un quinceañero, salí bastante ebrio de la casa de la agasajada, en mi cabeza retumbaba el vals y la tecnocumbia de aquel entonces, cinco amigos y tres amigas acompañaban mis pasos y después de una breve interlocución de uno de mis acompañantes con un trío de mastodontes, decidí ayudarlo, pues entre mis visiones opacas y borrachosas pude ver como jugaban cual marioneta con su cuerpo.


Iluso yo, creí que a mis espaldas me acompañaban sino una multitud de compañeros dispuestos a saldar tamaña provocación, nada más alejado de la realidad, gire la visión y dos de ellos conversaban sobre el clima, otro se puso a orinar detrás de un carro y uno más se estaba quedando dormido de pie. Es esos momentos en que todos parecían desentenderse de la real situación, me di cuenta que no estaba precisamente en el lugar y momento indicado, Después de los insultos vociferados no podía echarme para atrás, es así que solté mi saco y sin saber como demonios empezaría, me acerqué al que creía sería mi final.

Avancé sobre mis pasos y al mejor estilo de kit boxing arremetí contra el más grande de ellos, sin exagerar medía casi dos metros y me triplicaba en fuerza (después descubriría que era seguridad en una discoteca de Miraflores), lo golpeé y me golpeó, intercambiamos puntapiés, pero hubo uno que aniquiló mis fuerzas, una patada se incrustó en mi bajo vientre y por uno segundos pasaron por mi cabeza las imágenes de los hijos que no podría tener gracias a la bondad desmedida de este troglodita, temí quedar estéril o impotente, sentí “mojadito”, como si algo se rompiera y sangrara. Pero no demostré dolor, al menos no en ese momento.

Me recompuse y guardé mi distancia, esquivé algunos golpes y azoté un par de veces el rostro inmóvil de su receptor, que ni parecía despeinarse con mis ataques, por un momento pensé que su estrategia de combate era propinarme carazos en el puño, pues los nudillos comenzaban a dolerme, es así que opté por lo más valiente en ese momento, pedir ayuda, pero no por chivato, sólo para distraer la atención y dejar todo en un salomónico empate.

Como me había quedado “picón” con mi anterior desempeño, busqué alguien de mi tamaño y contextura para poder reivindicarme ante los espectadores, elegí a otro que también había estado maltratando a mi amigo, un pobre joven que estaba más borracho que yo y le apliqué un soberbio cabezazo y como no respondía a mis ataques, decidí ser más incisivo dos cruzados de derecha y un puntapié para dejarlo caer al piso, en ese momento sentía que todo iba en cámara lenta y que mi figura aparecería en los afiches de Retroceder nunca rendirse jamás 8, finalicé mi rutina con una par de patadas al mejor estilo de “Lolo” Fernández para acabar a mi rival.

Ya en mi casa, revisé cada parte de mi aparato reproductor, para verificar que todo estuviera en su lugar y que no hay ningún desperfecto. Uno nunca sabe. Al día siguiente, era el joven valiente y bravucón que defendió a su buen amigo. Como dato significante debo apuntar que en el momento en que pude ver que estos tipos apachurraban a mi amigo, lo estaban abrazando y estos tres no eran unos perfectos desconocidos, si no más bien viejos amigos del colegio. Aunque debo comentar que para efectos del desenlace narrativo importa muy poco dado los hechos ocurridos.


Finalmente, el último altercado boxístico tuvo lugar en el Cercado de Lima, para ser más precisos en el jirón Quilca, un domingo al medio día, en el que a nadie se le ocurre salir a sus casas, tres individuos visiblemente ebrios lanzaron improperios en contra de mi señorita enamorada allí presente, como era de esperarse me acerqué a insultar a los infelices, cinco segundo demoró en sangrar mi nariz después de un golpe de antología, un manojo de llaves (¡ah! pero de llaves grandes) fue la causante de una rotura de tabique que me alejó de los rings callejeros. Traté de rehacerme pero el profuso sangrado impidió que pudiera continuar el enfrentamiento, ¡ah! Pero por supuesto que el tipo no se fue limpio, ¡no! ¡Lo manche con mi sangre!.

Esta última versión de Street Fighter, me dejó la conclusión que no soy un cobarde, sólo un valiente cojudo, nunca me arrastraron en el piso, ni me hicieron Tupac Amaru, no llegué a pasar semejantes vergüenzas, pero tampoco me convertí en el ídolo inmortal de los niños de mi cuadra.
A veces quisiera volver el tiempo atrás para responder de manera diferente esas provocaciones y ataques, pero si fuera así, que demonios estaría contando ahora.

jueves, 17 de abril de 2008

Casi famoso

Son las 11 de la mañana en un jueves cualquiera y una larga cola se extiende alrededor de la cuadra 20 de la avenida Salaverry en el distrito de Jesús María, una cola en donde se mezclan niños y personas mayores, mujeres y hombres con necesidades parecidas y un objetivo en común, participar en “Trampolín Latino”, un programa regalón y divertido, según su animador Carlos Álvarez. Esta fila de seres que aspiran ganarse “alguito”, no parecen caracterizarse esencialmente por su limpieza y pulcritud, y aunque ésta solo fuera una mera suposición, lamentablemente fue confirmada de manera rotunda y categórica después de una breve e involuntaria verificación aromática

Aunque mi intención nunca fue la de realizar un control de calidad sobre el tipo de perfume que utilizaban estas personas, infortunadamente tenía que lidiar con este y otros inconvenientes a lo largo de mi incursión matutina por las adyacencias del canal 2.
Al caminar hacia el final de la fila me encontré no sólo con la mirada desconfiada y los gestos fastidiados de más de un individuo, si no que también tuve que interactuar con cuanto vendedor de comida se cruzaba en mi camino.

Las ofertas eran nada despreciables en materia de precios, no así el aspecto de sus productos, visiblemente nocivos para un estómago como el mío, que sin llegar a ser exquisito, cumple con los requisitos necesarios para calificarse como uno estándar.
Así llegué al final de la cola y me aposté sobre la pared, delante mío había una joven y su madre, una mujer bastante mayor, reclamando porque alguien se había “zampado” adelante, y digamos que la solicitud que hacían llegar al ocasional “colado” no era la más cordial y diplomática.

El tiempo pasaba de manera lenta, el calor parecía consumirnos a todos, algunas personas pasaban el tiempo entre la tertulia y la lectura de periódicos. Mientras tanto, yo pensaba que si seguía parado sin hablar con alguien, la gente podría suponer que no estaba ahí especialmente para ver el programa en vivo y en directo, así fue que decidí empezar una plática con la chica que tenía delante mió, le pregunte si le gustaría participar en algún juego y quien sabe ganarse un premio. Su respuesta fue sólida y contundente, “no, he venido a broncearme con el sol”. Hasta después de su interlocución no había comprendido lo estúpido de mi pregunta. Esta gente haría cualquier cosa por ganarse aunque sea una bolsa de “sibarita”.


Después de mi extensa conversación con la joven Silvia, opté por comprar un periódico y ocupar mi espera en alguna actividad menos vergonzosa que la charla anterior, sin embargo, un escándalo llamó mi atención, era un personaje de la producción del programa que elegía a las personas que concursarían en los juegos, las señoras pugnaban por ser ellas las eventuales estrellas de este evento televisivo. Todos querían participar, cada uno de ellos tenía un problema peor que el otro, todos esperaban estar cerca de Álvarez y contarle sus penurias, esperando que éste les ayude con “alguito”, todo era bien recibido, dinero o algo que luego se pueda vender para paliar de alguna manera la desventurada existencia que les tocaba vivir y que estoy seguro no eligieron.



Quedé distraído mientras observaba las quejas de unos individuos que se encontraban atrás de la cola y que exigían participar también en los concursos, hasta que ese pequeño hombrecito que seleccionaba a los participantes quedó frente a mí y me dijo, “tú, tú bailarás con esta señora”. Nunca imaginé encontrarme en esa infortunada situación, la fémina a la que hacia mención era una dama de dimensiones escalofriantes, poseedora de una abundante masa corporal, quise opinar sobre mi arbitrario designio, pero este infeliz sujeto no espero mi respuesta y siguió con su recorrido. Entre tanto, la voluptuosa mujer me empezó a proponer ansiosamente algunos trucos con los que era casi un hecho ganar los 100 soles que estregaban a la pareja ganadora.

Mi cerebro comenzó a trabajar a mil revoluciones por minuto, como diablos saldría de este complicado incidente, ¿qué haría?, tendría que sacrificar la razón por la que vine, si me iba ya no podría observar el desarrollo del programa desde el set de televisión, y si me quedaba pasaría la vergüenza de mi vida, porque nunca falta el amigo de tu amigo que ve estos programas y el comentario se expandiría como pólvora regada. Tomé una decisión acertada, “Ya regreso voy a llamar a mi casa para avisar que saldré en la televisión”, me excusé. Media hora después estaba observando el programa y pensé que podría hacer con 50 soles, el premio del concurso, al no encontrar respuesta sólo atiné a cambiar de canal.

jueves, 10 de abril de 2008

Infieles sorpresas

Pocos pueden jactarse de hacer sido victimas de una infidelidad, de sentirse extasiado por las caricias dulces de una mujer, para luego pasar a ser humillado por ese vació tan lleno de llanto, que se siente al descubrir que existe al menos un ser más, aparte de ti que se ve agasajado por los favores infames de una traición.

En simple cristiano, ser un carnudo más. Recogí algunos testimonios y no he encontrado alguna persona que me diga con certeza como duele el amor, aunque muchas pueden dar fe que se sintieron tan estúpidas como me sentí yo.

La escena tristemente infiel para mí, aunque creo suponer sin realizar un exhaustivo análisis, no fue tan triste para estos ocasionales amantes, sucedió hace algunos años. En aquel entonces tenia 20 años y una enamorada de 26 años, pienso sin temor a equivocarme que nos llevábamos bastante bien en muchos aspectos, lamentablemente hay una aparte que no llego a comprender y es la razón de esta diatriba al engaño.

Sofía, la infiel, vivía sola y yo acostumbraba pasar los fines de semana en su casa, recuerdo que esa mañana no avisé que llegaría temprano, acababa de salir del trabajo y le compré flores y chocolates para sorprenderla. A ella le gustaban las sorpresas, aunque minutos después descubriría que el que se llevó la indigna sorpresa fui yo.

En la puerta de su edificio justo salía alguien, así que me escurrí por entre las personas. Mientras subía me imaginaba su rostro, la cara de felicidad que pondría y lo bien que pasaríamos el día. Llegué a la puerta de su apartamento, y para sorprenderla aún más, toqué la puerta y me escondí para que no me viera por el ojo de la puerta. La verdad es que demoraba mucho en abrir, pero al fin dejo ver su sombra por entre la luz que salía de las ventanas. Salté de repente y le dije ¡mi amor!. La note pálida, era un hecho que no me esperaba a esa hora, estaba con el cabello mojado, como si recién hubiera acabado de bañarse, me acercaba a saludarla cuando divise por entre los sillones una figura masculina, entré al apartamento con un frió en el cuerpo, presagiando lo peor, era un tipo de su trabajo recordaba haberlo visto antes en una reunión, aunque en esa oportunidad no tenía el cabello mojado como ahora, lo salude dándole la mano, y de frente penetre en su habitación si decir nada.

Examiné todo a mi alrededor, la cama destendida, un cenicero lleno de colillas de cigarros-y ella no fumaba-, una maletín con ropa de hombre, intervine el baño y encontré dos toallas mojadas, más que suficiente para darme cuenta de lo que había sucedido la noche anterior, sentía que la presión se me bajaba, que mis ojos querían explotar de lágrimas. Segundos después entró ella y me dijo que recién había llegado que no pensara mal, ¡claro le dije y su maletín esta en acá en tu cuarto! continué, espero te haga provecho,¡ah! te traje flores y chocolates, ojala te gusten. Salí caminando a paso tranquilo mientras ella me seguía para explícame lo que supuestamente había sucedido, me despedí del tipo, lo mire al rostro y apreté fuerte su mano, bajé las escaleras raudamente y sentía la voz de ella bajando y hablándome, yo no podía decir más palabras, una lágrima ya caía por mis mejillas, pero no voltee. Ya en la calle esperé salir de su campo visual, y corrí, corrí entre las calles, pensando en cada imagen que había visto, pensé cómo diablos no acabé con ese tipo, siempre fui un apersona agresiva en circunstancias que tengan que ver con chicas, más de una vez me había peleado con individuos que le faltaban el respeto a mis amigas, pero en aquella oportunidad me sentí morir, quería llegar a mi casa y refugiarme entre las almohadas de mi cama, y no salí de mi habitación en todo el día , apague mi celular y lloré.


Pocas veces no pensamos que un pérfido engaño, duele tanto en el corazón de un púber, como en los pulmones de una abuelita sesentona, en el hígado de una adolescente desquiciada igual que en la cabeza de un adulto suicida.

Un desamor no es un dolor exclusivo del corazón, es más cuando pude sentir, oler y ver aquella escena infiel, el corazón fue sólo un órgano más de mi sufrimiento, inclusive creo que es uno de mis miembros más ignorantes en esa materia, Sentí un malestar generalizado, cada centímetro de mi cuerpo desangraba, la verdad es que no sé si de amor, pero de que jodía, jodía.

Un puber cinéfilo

Hay ocasiones en que la imaginación no cubre todos los espacios y quizá uno de esos momentos aunque parezca paradójico es la pubertad, en tiempos en que la figura femenina pasaba de representar una simple silueta a convertirse en un ser de idolatría y fantasía sexual.

Mis primeras experiencias en el campo sexual, se remitían a simples programas nocturnos, en los cuales utilizaba toda mi audacia para poder verlos sin que nadie se percate, eran imágenes muy entrecortadas en las que ver un seno o unas piernas descubiertas…servia y de mucho para mí a la hora del ejercicio individual de satisfacción.

Pronto esos momentos de tensión con el control remoto en la mano terminaron, cuando junto a unos amigos nos agenciamos de una revista triple X; Carlos, hermano mayor de uno de mis amigos nos vendió esa publicación sucia y arrugada, adornada con manchas de dudosa procedencia, que nos advirtieron después que también habían inspirado noches de pasión en solitario de otros jóvenes, dicha revista se convirtió en ese entonces para nosotros en un tesoro bendito.

Pero mi relación con los cines pornográficos comenzó a fines del año 1998, cuando acabados de cumplir los 14 años, harto de ver a las mismas mujeres en esas revistas y de narrar junto con mis amigos los diálogos de memoria, nos lanzamos decididos en busca de un cine porno, basados en un rumor que recogí de los labios de un amigo mío, el cual hasta ahora sigue visitando estos lugares.

Fue un día sábado, el cual excedidos en hormonas, partimos con rumbo desconocido, a un lugar el cual nosotros llamamos tierra prometida, ni siquiera sabíamos si nos iban a dejar entrar, por ser además de menores, petizos, riesgo que no corría yo por ser el más alto de ellos; el cine “Lily” fue el elegido ubicado en la cuadra 6 de Jorge Chávez en Breña, que aparte de carteles anunciando su triple función continuada, tentaba a los transeúntes con nombres sugerentes a las películas proyectadas, títulos como “Lolita la camionera” y “las colegialas nunca lloran” se lucían en paneles bastante atrayentes, después de una larga y complicada negociación con el boletero, logramos entrar en aquel emporio sexual, en la meca de lo prohibido, y lo concreto fue que después de pagar 4 soles más de lo que costaba la entrada, penetramos nuestros cuerpos por el umbral esperado, y entramos en un mundo de paredes oscuras, y pisos resbaladizos, donde las butacas no parecían ser las más limpias, en el cual los aromas se mezclaban entre el sudor y el hedor, donde más de uno se dejó vencer por los placeres onanicos.

Pero no nos podíamos quejar estábamos donde queríamos, además no pensábamos quedarnos a vivir ahí, nos sentamos juntos y vimos ante nosotros, todas aquellas imágenes que nos habíamos imaginado, pero esta vez en tamaño familiar y a gran sonido, pero lo que causó el deleite de nuestros ojos, fue un grupo de bailarinas que se desvestían ante nosotros, ¡mujeres!- dijimos al mismo tiempo- y desnudas, pues si, quizá habíamos alcanzado nuestro clímax máximo, con esas figuras ante nosotros, que sin lugar a dudas ambientaron nuestra mentes con recuerdos que ampliaron nuestro bagaje sexual y seguramente nos convertirían en la envidia del colegio.

Después de aquella ocasión volvimos un par de veces más, pero parece que esa experiencia dejó marcada en nosotros la idea de los cines porno, diferentes motivos nos separaron de aquellas conversaciones que ahora se vuelven cómicas cuando nos juntamos después de algunos años, y añoramos con nostalgia aquellas caminatas de peregrinaje en pos de nuestra recompensa.