jueves, 5 de junio de 2008

La cebichera Bondadosa (II capítulo)

Como lo prometido es deuda, y yo acostumbro pagar las mías, hago llegar a sus ojos la segunda parte de mis experiencias dipsómanas.
Luego de ser la burla de mi familia por tan bochornoso espectáculo, decidí alejarme temporalmente de las botellas, pero afortunadamente para estas historias continué con los vasos.
Siempre estuve metido en borracheras, pero pocas me han hecho perder el conocimiento. Si algunas vez dije que chuparía hasta que me meen los perros, me arrepiento, nunca creí tener tamaña fuerza de voluntad, para que el postulando antes nombrado pueda cumplirse cual profecía de Nostradamus.

Alguna vez con un primo mío partimos con rumbo sur a una fiesta de fin de año. Perdón dije fiesta, bueno eso fue lo que me vendieron antes de subirme al auto que nos trasladaría hacia la poco conocida (en ese entonces) Playa de Asia.
Bebí mucha cerveza y en medio del camino sentía que ya estaba sudando cebada. Empezaba a arrepentirme de haber ido, pues en el trayecto escuchaba algunas versiones que antes había considerado extraoficiales y poco creíbles. Sin embargo, ahora en media carretera y encaramado en el viaje parecían derrumbar mis sueños de adolescente febril dispuesto a botar la casa por la ventana.

-¿Tu conoces a la flaca de tono? - Preguntaba mi primo sus amigos-
-No nada que ver, Alonso la conocía, era su amiga de primaria - Respondía uno de ellos y escucharlo no daba buenas luces sobre la noche que pasaríamos.
Ninguno de los 5 tipos presentes en el auto (incluido yo por supuesto), conocía a la susodicha y el tal Alonso, única persona que nos serviría verdaderamente aquella noche no estaba, nuestro pasaporte hacia la fiesta cayó enfermo dos días antes del gran tono, obra y gracia de una extrañísima hepatitis B, y que a la luz de los hechos que sucederían yo también hubiera querido que me contagie.
Sin entradas y sin el ahora popular Alonso, éramos unos perfectos desconocidos, tomen nota: uno don nadie acompañado de un forastero, un anónimo, un extraño y un incógnito. O sea como quien dice teníamos todas las de ganar o mejor dicho todas las de entrar.
Al fin llegamos, a la fiesta y ¿adivinen qué?. Sí, no nos dejaron entrar, había docenas de chicas y chicos y nadie nos reconoció, además por si fuera poco, ni siquiera sabíamos como demonios se llamaba la dueña de la casa.

Destruidos y abrumados, como canta José José, nos estacionamos a pocos metros del mar y nos pusimos a chupar, bebimos mucho, jodidos por lo sucedido. Pasamos las doce abrazándonos entre nosotros y casi al borde de las lágrimas, no por la alegría de estar juntos, si no más bien por la desdicha y la desazón de estar afuera y no adentro del antro de la diversión.

Sin embargo, nada podía ser tan malo, unas chicas que salieron de la fiesta pidieron fuego y de manera muy galante se los brindamos, eran 3 mujeres, al menos eso parecían (¿saben? La memoria me fallaba un poco), lo que si recuerdo bien es que las 3 damas allí presentes no eran unas bellezas pero al menos su compañía haría mucho más animada la conversación que protagonizábamos nosotros, 5 calzonzoncilos.
Durante la conversación, no se en que momento se jodió la noche (parafraseando Conversación en la Catedral), lo último que recuerdo es un vaso en mis manos y los rostros de la gente mirándome raro, es más ni siquiera recuerdo haber hablado huevadas antes de ‘morir’. Se me borró la cinta, se me perdió el casette, se agotó la batería, llámenle como quieran. Lo único que recuerdo son pasajes entre cortados de esa noche, como si fuera un dvd mal grabado. Mi rostro acostado en el carro, y luego unas palabras de mi primo que no llegaba a entender, y que parecían que eran dichas en cámara lenta.

Al despertarme, ya alumbrado por los rayos solares me encontré sudado y con un dolor terrible de cabeza. La bulla a mi alrededor avisaban que me localizaba bastante fuera de lugar, giré sobre los lados y me hallé tirado en medio de la arena a pocos metros del mar y de unos niños que jugaban a hacer un castillo de arena al costado mío. Unas señoras bastante gordas en traje de baño caminaban no muy lejos de mi presencia.
Me hallaba en un ambiente familiar, situado en medio un círculo imaginario, como si me tuvieran puesto en cuarentena, nadie quería acercarse a mí. Como dato significante debo decir que eran las 12 de medio día, y me encontraba con un jean mojado y sucio de arena, con una zapatilla puesta, y la otra casi a punto de llegar al mar. Me sentí como si fuera víctima de un naufragio o si recién me hubieran rescatado del agua. Aparte si tenía calor era por que llevaba puesta una casaca bastante abrigadora, y lo menos que podía pensar la gente viéndome en ese estado era: a) un vagabundo, b) un lamentable borracho, c) un completo infeliz al cual lo había dejado su primo en medio de la nada, con un sol en el bolsillo, ya que su maldita billetera estaba en el carro del susodicho.

La respuesta ganadora: la letra C. Pues si señores, mi primo no estaba por ningún lugar, y tampoco sus amigos. Y la única moneda que tenía, la invertí en llamarlo por teléfono, y lamentablemente me contestó una voz más borracha que la mía y las pocas palabras balbuseantes que pude oír no pude codificarlas al 100 %, pero me daban indicios más que suficientes que el maldito se encontraba muy lejos de donde yo estaba, en un hotel o en su carro acompañado por un chica. Triste colofón para mi real situación.
Deambulé por la arena, tenía una turra a cebada y lúpulo en estado de descomposición, y mi cepillo de dientes también se encontraba en el carro, y para terminar de graficar mi deplorable situación, me cagaba de hambre.
Me acerque a una vendedora de cebiche, y en mi mejor castellano, intenté contarle mi desgraciada existencia y pedirle que me prestara algunas monedas y que yo regresaría a devolvérselas, la vieja en cuestión, echó a reír y lejos de comprenderme me dijo que no le espantara a los clientes. Indignado a más no poder, me sentí sucumbir, quería tirar por la borda mi ser y en ese mismo instante morirme.

Me derrumbé sobre mis piernas y esperé a que mi primo se acordara de mí. Pasaron más de 3 horas y no aparecía ni la sombra de aquél fulano. En el ocaso de la tarde, la vendedora de cebiche se presentó sobre mi cuerpo, quizá escuchando los llamados de mi estomago, y me propuso prestarme 10 soles a cambio de mi reloj, un guess original, venido del mismo Estados Unidos, y no conforme con eso exigió mi casaca Billabong, bajo la condición de querer asegurase que volvería para pagarle.
En otra situación, no hubiera aceptado tal propuesta y hasta habría insultado tamaño trueque, pero para ser sincero en vista del catastrófico estado en que me encontraba, agradecía la bondad desmedida de aquella mujer con olor a algas y cebolla fresca, que seguramente quería quedarse con mis prendas, pero en mi cabeza desconcertada imaginaba yo, que lo que deseaba en realidad era ayudarme.
Para el caso era lo mismo, anhelaba largarme de ahí, y despotricar en contra de mi primo, mandarlo a la mierda, bañarme y sacarme la vergüenza vivida a punta de jabón. Me despedí agradecido con la consigna única de que volvería al día siguiente por mis pertenencias empeñadas.

Tomé mi combi, y me aposté cual loco en carro, en el último asiento del colectivo.
Nunca me sentí tan vagabundo, tan errático, tan harapiento, en fin con un aspecto tan pordiosero.
Cuando llegué a la casa de mi tía me cansé de putear y reputear a mi primo. Y sin más razones porque sufrir mojé mi cuerpo como quien se limpia de un ultraje, intentando lavar mi honra en aquella ducha, tomé especial atención a cada uno de mis movimientos y hundí mi cuerpo en cama desando olvidar todo y dejar que ese perfume a derrota se extinga con mi sueño.
Desperté al siguiente día dispuesto a recoger mis cosas, sin saber si encontraría a la mítica cebichera bondadosa.

Última entrega de las experiencias borrosas y ebrias en breve…

domingo, 1 de junio de 2008

Con la chapa en la mano (I capítulo)

Al escribir el post anterior, y encontrar una mediana explicación a mis peleas y su relación con el alcohol, no pude evitar recordar mis borracheras y las de mis amigos.
Es que cuando uno bebe, el mundo entero liba contigo. Y más aún tus ocasionales acompañantes, siendo indefectible la reciprocidad entre mis experiencias y las de mis camaradas.

Debo decir a manera de prólogo que el trago -cualquiera que éste fuera-, no es uno de mis deleites. Más bien soy un bebedor social, de esos huachafos que le encanta tomar en compañía de buenos amigos, un individuo que mientras conversa puede engullir cantidades abundantes de alcohol y cualquier derivado de éste. La cerveza, tiene la capacidad de ponerme alegre y dicharachero, conversador a más no poder y dormilón en el ocaso de la reunión.

Pero es necesario apuntar que no soy un borrachín de esquina, aunque mis partidos me he jugado, he bebido como el 90% de los peruanos (si no es más) en un parque, (¡¿quién esté libre de pecado que lance la primera chapita?!), pero con el pasar de los años he aprendido a frecuentar mejores lugares, o al menos ya no a la intemperie.

He libado toda clase de brebajes, y como dice un buen amigo mío, muchos de dudosa procedencia, con la fecha de vencimiento visiblemente adulterada con una, por demás escandalosa, tacha de lapicero.

Haciendo memoria, los alcoholes que degusté tenían nombre de los más raros e impensados, desde los más conocidos como Naranjito, extraña combinación de Crush en el mejor de los casos (o a veces suplantado vilmente por un sobre de Kanú) y un Pisco de nombre Agua ras. Justamente ésta infeliz mezcla, provocó mi primera borrachera.

A los 16 años, en uno de los populares e infaltables paseos colegiales a Chosica, mis amigos y yo decidimos con muchos días de anticipación, prepararnos para aquella fecha, que según nosotros sería el de nuestra inauguración por las sendas del alcohol y vaya que lo fue. 3 botellas de 800 ml. de Agua Ras, que tenía una etiqueta que recordándola ahora, me daría serias que dudas antes de beberlo, una calavera pirata y un tipo en el suelo daban forma a este dibujo artesanal que avizoraba una muerte lenta y biliosa en nuestros jóvenes estómagos.

Nos instalamos en la parte más alta del club, cerca de un cerro, y Las 2 primeras botellas, aparte de achicharrarnos la garganta provocaron que 3 de mis compañeros cayeran estrepitosamente sobre el pasto, otro de ellos no corrió la misma suerte y cual bola de nieve rodó por entre los campos de voley y los kioscos de comida, reconozco que fue difícil alcanzarlo, y salvo algunos golpes no hubo nada de que lamentarse, bueno quizá si: la vergüenza publica y la burla que hasta ahora cae sobre él.

Como sabrán, después de una borrachera en donde uno se siente atiborrado de licor, algo tiene que salir, y producto de los movimientos ondulantes del autobús, sientes que se te sacude el piso o que te jalan la alfombra, y algún animal tiene que salir, ya sea el buitre o el gato. Señores y así fue, evacue tallarines y arroz con pollo sazonados con naranja, merced al buen corazón de mi madre que decidió mandarme una sustanciosa ración arroz con pollo y al ofrecimiento de un amigo, que me hizo degustar unos tallarines rojos muy bien preparados.
Los residuos que fueron desperdigados por la carretera central, y Dios mediante espero no hayan caído en el carro de algún chofer mal afortunado.

Hubo una segunda gran borrachera. Cumpleaños número 18 del autor del presente blog, el ingreso a la sociedad, la presentación hacia la vida de un adolescente que dejó de ser para convertirse en un reciente y estrenado adulto. Y no hubo mejor idea que la de un grupo de amigos: hacerme una fiesta sorpresa, chicos y chicas danzaríamos entre la música estridente. Comí de todo y lo peor fue que bebí de todo, antes ya había filtrado por mi estomago un vino impresentable de nombre Moscato, S/. 3.50, una ganga para aquel entonces y que además era bastante sabroso (sólo en primer trago), después mutaba en un frasco de 100% alcohol metílico(de ésos que se utilizan en los hospitales para desinfectar los instrumentos).

Dicho sea de paso, éste licor de color naranjoso, tenía una peculiaridad, poseía un macerado que lo convertía en una burda imitación del popular “Tres pasitas”, pues sólo tenía una seudo pasa, digo seudo por que resultaba inverosímil creer que una pasa pudiera tener patitas y antenas, aquel objeto o animal que feneció producto de ese brebaje, flotaba de espaldas al piso, y digamos que no tenía un rostro muy feliz, anticipando y advirtiendo un final similar para nosotros, luego de dos o tres tanganasos de este trago.

Volviendo al tema de esta borrachera, libé el ya mencionado Moscato, y unos líquidos que pretendían dar confianza con sus nombres televisivos: Thundercats, y Dragon Ball (ambos tragos cortos que venían ya combinados). La cuestión es que llegué a mi fiesta sorpresa más que ebrio, pero de pie, aun no me arrastraba por los pisos, y luego de intentar bailar un vals al estilo del meneito, los asistentes supieron que aquel esperpento que hacia el ridículo frente a ellos, en medio de la sala, no era precisamente mi mejor versión.

Me dormí, me puse de pie, resbalé dos veces por las escaleras, es decir un tonazo, cualquier quinceañera, hubiera querido tener una fiesta como la mía. Asomaban las 4 de la mañana y la reunión ya estaba entrando a la recta final y para terminar de festejar decidí estrenar mi mayoría de edad ingresando a una discoteca acompañado de uno de mis mejores amigos, que después de aquella noche, dejó de serlo en de alguna manera.

Para no herir susceptibilidades, solo diré la inicial de mi fiel compañero. R, era un súper amigo, de esos que nunca te dejan y te hacen cagar de risa. Con él teníamos el sueño de ser cantantes y famosos, inclusive planeamos tener una banda de rock que nunca llegó a tocar, gracias a Dios, las circunstancias nos hicieron declinar de aquella alocada idea, que supongo nos hubiera traído más de una vergüenza.

Ya en la discoteca, intentamos flirtear a cuanta mujer se nos cruzaba en el camino, lamentablemente nadie no hizo caso. R, cansado de lanzarle piropos a cuanta chicoca pasease frente a él, fue a buscar una jarra más de cerveza. Yo mientras, trataba de observar algo en mi ya borrosa cabeza, el aire me había chocado, y las luces parpadeantes dificultaban mi irracional visión.

15 minutos después de la partida de R, tomé conciencia de lo mucho que se estaba demorando. Y decidí ir a buscarlo, y como dice Ribeyro el primer lugar donde ir a buscar a una persona que desaparece en un bar, es el baño y mientras lo hacia pude escuchar como algunas chicas gritaban y un guardia se seguridad sacaba cargado al pobre R, sus pies flotaban en el aire, y era desaforado de manera brusca y poco digna de aquel local.
No entendí para que le serviría un abogado en ese momento, pero mi amigo hacia alcanzar esta demanda de manera reiterada. Llegué hasta la puerta y después de lo ocurrido lo único que nos quedaba era retirarnos a dormir, y como R vivía muy lejos, era necesario que durmiera en mi casa, no sin antes pasar por una licorería y comprar algo que lo que siempre me arrepentiré: dos botellas de Punto G. Si, ríanse y digan que asco, lo sé y soy conciente que pueden dejar de leer este blog después de la confesión hecha, pero no puedo faltar a la verdad.

Terminamos la primera botella entre las confesiones del mejor amigo que te abraza y te habla al oído, diciéndote que nunca encontrará a un pata mejor tu. Todo dentro de lo normal, pero hubo algo que me desconcertó, y me hizo sentir que algo se rompía.
Léase de manera textual: “Oe, ta’ que eres mi brother, nunca habrá alguien como tú, hemos pasado tantas cosas ¡te quiero dar un beso!, ¡dame un beso huevón, eres mi hermano!”.Esas palabras me sacaron temporalmente de mi borrachera y me hicieron mirarlo de manera diferente, sentí miedo de estar al lado de un homosexual en potencia, de haber convivido tantos años con alguien que disimulaba sus intenciones para con mi persona.

Esa confesión dio por terminada esa noche y después de dejarle una almohada y una frazada, volví a mi habitación no sin antes ir al baño a desintoxicarme. Penetré en el cuarto oscuro, abrí la puerta y vomité. Busqué la llave del caño y no la hallé. Traté de prender la luz, y me encontré con el ropero de mi hermana. Señores había devuelto todo mis intestinos sobre los zapatos y blusas de mi hermana. Demás está decir que la cagé, felizmente esto lo digo en sentido figurado.

Mi hermana jodida y molesta, me hizo pagar cada una sus prendas malagrodas y a partir de ese momento sé muy bien donde queda el baño, al menos el de mi casa.

La segunda parte, de estas historias borrachosas en una próxima entrega…